Por estos días, el calor en Maracay es sofocante. A medida que llegan, los convocados van buscando la piadosa sombra de algún árbol mientras se abre la reja que les permitirá observar cómo van las obras de restauración. Hay un intenso movimiento de camiones que entran y salen, señal de que los ritmos han cambiado; atrás parecen haber quedado los tiempos en que por los rotos ventanales del segundo piso se avistaban chinchorros y ropa tendida. Pese a las naturales reservas, crece la expectativa de que se aproxima un gran evento.
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| Visita del 23.09.2015 |
La visita comienza por el lado oeste del teatro y la guía el arquitecto José Alberto Pulido, responsable de la restauración desde principios de 2014. Fue un proyecto difícil de abordar -comenta-, resultado de haber echado todo abajo sin un plan concreto de remodelación. Aceptó hacerse cargo de la obra con ciertas condiciones, entre ellas, contratar los trabajos a través de la Cámara de la Construcción del Estado Aragua. También exigió que privaran criterios técnicos -y no políticos- en las muchas decisiones que implicaba una obra de tales dimensiones. Satisfechas esas y otras demandas, se iniciaron los trabajos de restauración bajo la premisa de preservar en lo posible el diseño original e incorporar los adelantos tecnológicos disponibles en la actualidad para crear el gran centro cultural que la ciudad ha esperado por varios años.
Ese diseño concibió originalmente una estructura perfectamente simétrica, característica del modernismo, pero los camerinos y demás espacios del lado oeste no llegaron a construirse. La primera novedad es que ahora sí estarán disponibles, e incluyen salas de ballet con piso flotante -que disminuye el impacto en el ejecutante- y una sala acondicionada para conservar los pianos cuando no estén en uso. Es una buena noticia saber que el preciado piano de cola Steinway, uno de los pocos de su tipo en el mundo, se mantendrá allí, perfectamente afinado, entre un concierto y otro.
Más novedades: el foso de la orquesta cuenta ahora con un mecanismo hidráulico que facilita el acceso a los músicos, la bóveda acústica se sustituyó por otra -adquirida en París- más cónsona con el nuevo estilo de la sala, el aforo se amplió a 900 butacas e incluye los dos palcos contemplados en el diseño original. La iluminación y demás aspectos de la tramoya estarán automatizados, pero contarán con personal de respaldo en caso de fallas. Y sí, el teatro cuenta con una planta para que las actividades no se vean afectadas por fallas eléctricas, cada vez menos eventuales.
Otro objetivo de la restauración es que el nuevo teatro refleje las distintas etapas: los años 30 en que se construyó, los 70 en que finalmente se abrió al público y el momento actual, en que vuelve a funcionar. El exterior muestra una de esas innovaciones: faroles que pueden proyectar luces multicolores sobre la fachada. Los más conservadores rechazarán la idea, acostumbrados a una imagen más sobria del edificio. Es difícil asimilar algunos cambios, pero cabe recordar lo que ocurrió en París con la pirámide del Louvre; a la larga se integró hasta formar parte indiscutible del mítico museo.
Para la segunda planta están contemplados un estudio de fotografía y una galería con un área para eventos de público reducido. Sólo imaginar esas veladas estilo café-concert aumenta la ansiedad por el esperado estreno. Cosas interesantes están por verse.

En los alrededores del Teatro de la Ópera se aprecian cambios importantes que incluyen la Plaza Bolívar, recientemente remodelada, el bulevar del lado este, la antigua sede de la Gobernación del Estado y el viejo Hospital Civil. Esa parte del casco central de la ciudad tiene otro rostro, y transcurrirá cierto tiempo antes de que los ciudadanos -en especial aquéllos condicionados a recibir malas noticias- puedan reconocer que la trasformación es beneficiosa para todos y que se aproxima ese final feliz que tanto han esperado. Era justo reclamar la pérdida de un patrimonio cultural tan importante, pero ha llegado la hora de reconocer que el teatro que abrirá sus puertas en pocos días tiene mucho que ofrecer a la comunidad. Y eso es emocionante.

No es momento de seguir especulando; el piano, el espejo y las lámparas volverán a su sitio. Otros elementos de la antigua estructura -como las hermosas barandas de bronce pulido- no volverán. Han sido seis largos años desde aquel mes de septiembre en que cerraron sus puertas y comenzó su atropellado tránsito a un destino incierto. Lo importante es que esa cuenta se detuvo, no habrá un séptimo año de espera y frustración. Y la nueva cuenta es regresiva, cada vez falta menos para recuperar ese magnífico lugar de encuentro donde la música, el teatro, la danza y todo lo que represente arte y cultura se rinden ante el espectador. Finalmente, la inmensa nave se acerca al puerto. Y será maravilloso poder volver a decir: "Nos vemos en el TOM".
Es un caluroso domingo de mayo y la agitación de los últimos arreglos nos hace sudar. La reunión será en un club a las afueras de Maracay, algo lejos para los que no tienen carro, así que toca recoger a algunos compañeros en camino al primer reencuentro del 2015. Nadie parece recordar cuándo fue la última vez; sería fácil revisar los archivos de fotos y verificar las fechas, pero no vale la pena: el hecho es que volveremos a reunirnos para recordar a nuestro amado Teatro, cantar juntos y compartir unas pocas horas con los fieles compañeros de causa. Lo demás no importa.
Recorriendo el estacionamiento del club, rumbo al fresco salón que José Miguel y Mary Glory han reservado para la ocasión, vemos al primer grupo de amigos. Van camino de los caneyes porque no hay energía eléctrica y en un salón cerrado nos vamos a asar. Los seguimos con resignación; ya no basta con llevar el refresco y las papitas fritas, también hay que considerar ropa ligera y un abanico. En este país nada es como uno espera.
Hacia las 11 de la mañana ha llegado la mayoría, aparece un cuatro y un par de maracas, los cancioneros salen de los bolsos y, poco a poco, nos disponemos a cantar. No junto a la cerca de alambre que rodea al Teatro desde su clausura por remodelación, hace casi 6 años. Esta vez le cantaremos muy lejos, donde la intolerancia no tiene el poder de impedirlo.
Ángel trae una nueva versión del ParranTOM, a lo largo de estos años le ha tocado actualizarla. Esta última da por hecho la ansiada reapertura, pero lo cierto es que la espera continúa a pesar de los cambios externos en el edificio y de los anuncios oficiales.
Seamos positivos: algún día abrirá sus puertas y pasaremos esta página de ausencia y despojo. Siguiendo la costumbre venezolana, dejaremos atrás los recuerdos tristes y haremos un brindis por el nuevo teatro. ¿Cómo será por dentro? Seguramente muy distinto del que conocimos. Habrá que tragar grueso y pensar que ya nada volverá a ser como antes. No en este país.
¿Qué nos deja este reencuentro? La alegría en los rostros de todos, el esperado abrazo, un breve recuento personal de lo ocurrido en los meses sin vernos, algún proyecto a corto plazo como el de Ana María con el teatro universitario y, sobre todo, la magia de la música, que si bien no ha acortado la espera, la ha hecho más llevadera.
Los leales amigos de la Agrupación Cumaragua estaban allí. También Nancy Toro con su cálida y hermosa voz. No faltaron Ana Cristina y María Eugenia en representación del vasto movimiento coral aragüeño. Gente que extraña ese espacio que por tantos años tuvimos y jamás imaginamos perder. Gente consecuente, hay que decirlo.
Seguiremos protestando a través del canto, tanta tonada de ordeño tiene que rendir sus frutos. En algún momento, ojalá cercano, nuestro punto de encuentro volverá a estar junto a la Plaza Bolívar, en un teatro abierto a su público.
Recomiendan visualizar como hecho consumado el propósito que se quiere alcanzar, haga pues cada quien el ejercicio de verse traspasar sus puertas entre el bullicio de inquietos espectadores, con la función a punto de comenzar. Imaginemos que, finalmente, nos han devuelto el TOM.